Las manos de mi abuela

Cuando estábamos juntas, ya fuera charlando animadamente o en silenciosa compañía, siempre nos cogíamos de la mano.

 Ella en la cama o en su silla de ruedas y yo sentada en frente, bien cerca, para que pudiera oírme… a poder ser a la primera.

Cogida de la mano de mi abuela, notaba poco a poco su presión. Una presión que era todo el amor que su alma, intencionadamente, me traspasaba a borbotones, como sabiendo que no disponía de mucho tiempo ya.

Las manos de mi abuela reflejaban un ligero párkinson que las dotaba si acaso de mayor belleza.  Les daba un toque muy tierno, muy humano. Reflejaban los estragos de la edad acusando una vida llena, intensa y hermosa como ella misma.

Siempre nos cogíamos de la mano y notaba aquel temblor continuo. La presión con la que fluía su amor, la fuerza y esa vibración relajante me ha acompañado y seguirá haciéndolo durante toda mi vida.

Recuerdo claramente acariciar sus nudillos con mi pulgar, que era el único dedo que me quedaba libre, y sentir que ese movimiento, junto a la suavidad de su piel, me relajaba infinitamente. Quien me conoce sabe que es algo “casi imposible”, pero os aseguro que sus manos, a veces, lo conseguían.

Por eso, a los pocos días de morir mi abuela, me impactó la claridad con que volví a sentir sus manos y ese punto, tan ajeno a mí, de serenidad.

Mientras aquella noche lloraba desconsolada, mi abuela, mi queridísima abuela Elena, me dio la mano con la misma fuerza y el mismo amor de siempre.

 Nunca pude, ni siquiera en el mismo instante en el que abrí sobrecogida e impresionada los ojos, saber si había llegado o no a dormirme. Y no me importa cual fuera el estado, porque lo que realmente importa es la nitidez con que sentí que ella me daba la mano… una vez más.

Me gusta pensar que fue un regalo, un último regalo que guardo en mi corazón con la misma fuerza con la que venero su recuerdo.

 

Conservemos los recuerdos, agradezcamos los momentos.

A mi abuela, a todas las abuelas.

Rizos 😉

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