Las manos de mi abuela

Cuando estábamos juntas, ya fuera charlando animadamente o en silenciosa compañía, siempre nos cogíamos de la mano.

 Ella en la cama o en su silla de ruedas y yo sentada en frente, bien cerca, para que pudiera oírme… a poder ser a la primera.

Cogida de la mano de mi abuela, notaba poco a poco su presión. Una presión que era todo el amor que su alma, intencionadamente, me traspasaba a borbotones, como sabiendo que no disponía de mucho tiempo ya.

Las manos de mi abuela reflejaban un ligero párkinson que las dotaba si acaso de mayor belleza.  Les daba un toque muy tierno, muy humano. Reflejaban los estragos de la edad acusando una vida llena, intensa y hermosa como ella misma.

Siempre nos cogíamos de la mano y notaba aquel temblor continuo. La presión con la que fluía su amor, la fuerza y esa vibración relajante me ha acompañado y seguirá haciéndolo durante toda mi vida.

Recuerdo claramente acariciar sus nudillos con mi pulgar, que era el único dedo que me quedaba libre, y sentir que ese movimiento, junto a la suavidad de su piel, me relajaba infinitamente. Quien me conoce sabe que es algo “casi imposible”, pero os aseguro que sus manos, a veces, lo conseguían.

Por eso, a los pocos días de morir mi abuela, me impactó la claridad con que volví a sentir sus manos y ese punto, tan ajeno a mí, de serenidad.

Mientras aquella noche lloraba desconsolada, mi abuela, mi queridísima abuela Elena, me dio la mano con la misma fuerza y el mismo amor de siempre.

 Nunca pude, ni siquiera en el mismo instante en el que abrí sobrecogida e impresionada los ojos, saber si había llegado o no a dormirme. Y no me importa cual fuera el estado, porque lo que realmente importa es la nitidez con que sentí que ella me daba la mano… una vez más.

Me gusta pensar que fue un regalo, un último regalo que guardo en mi corazón con la misma fuerza con la que venero su recuerdo.

 

Conservemos los recuerdos, agradezcamos los momentos.

A mi abuela, a todas las abuelas.

Rizos 😉

Los Reyes se rinden ante los sabios.

Repartiendo cariño e ilusión en la noche más mágica

Muchas veces he pensado que este mundo es algo así como un invernadero, un gran invernadero… de almas. Tienes varias opciones de cultivar la tuya, solo tienes que darte cuenta de lo que realmente necesita para crecer y saber orientarla. Buscar nutrientes… buscar el sol…

Tenemos tantas cosas alrededor nuestro, que es muy facil equivocarnos. No elegir lo adecuado, no cultivarnos, no llenarnos de nada, e incluso a veces elegir aquello que ademas de no aportar, nos vacía y nos seca.

En mi planteamiento del invernadero, me he dado cuenta de que las cosas que realmente nos llenan y hacen crecer están mucho más cerca de lo que pensamos, y que pese al gran valor de su aportación son increiblemente accesibles y asequibles.

Existen varias cosas que el hombre ha creado y  de las cuales aprovechamos su belleza para hacer crecer nuestro espíritu…música, poesía, pintura… todo el arte en general.

Pero existen muchas otras que están ahí, que el hombre puede utilizar y que solo de él depende aprovecharlas al máximo y poder así llegar a sentirse vivo, lleno, libre y en paz.

El rugby me ha enseñado esos valores, que a demás de hacer de cada uno de nosotros, si los aplicamos, hombres y mujeres de honor, coinciden plenamente con aquellas herramientas de las que os hablo.

Entrega, lealtad, honor, compañerismo… Esto es lo que demostraron la pasada noche de Reyes en la residencia Cardenal Marcelo, de Valladolid.

Basandome en estos valores, que son los mismo que mis padres y abuelos me enseñaron y a los que por ello debo tanto, intento compaginar mi vida, mi trabajo y dar gracias por poder con todo ello llenarme y cultivarme en este invernadero.

A nivel profesional, desde “muchoánimo”, tengo una responsabilidad enorme con el colectivo de los mayores, porque me encantan, porque me llenan y porque creo sinceramente que se lo merecen. Por ello he trabajado y  trabajo para poder llegar a ofrecer  lo mejor de mí siempre.

A nivel personal intento igualmente colaborar en lo que pueda aportarles alegría y cariño. Y en este caso concreto no hizo falta más que comentarlo en mi club de rugby, el grandísimo Club de Rugby Arroyo, para que todos quisieran ayudar y acompañar a los residentes regalandoles una noche realmente mágica.

Los Reyes son tres, pero ese día los Reyes fuimos todos.  Todos los mayores de la residencia, Todo el Club de Rugby Arroyo, todos los que apoyan a muchoanimo y saben de la imprtancia de las cosas hechas realmente  con cariño.

“Todo lo que no se da, se pierde” Ellos no han dado mucho y aún tienen mucho que dar. Recibirlo nos cultiva y  ofrecerles lo que puedan necesitar, también. Todos crecemos si no dejamos que nadie se marchite. Todos sumamos.

Los que pudimos estar ahí coincidimos en lo mismo. El mejor regalo de Reyes: ¡¡Sus sonrisas!!

Gracias Rizos, Laura, Guillermo, Ginés, Alex, Hugo y Xoan… Gracias Rugby Arroyo.

Muchoánimo para todos